EL PACTO DE LOS ETERNOS
EL PACTO DE LOS ETERNOS
Antes de la guerra del milenio, cuando el Regente Infinito aún estaba con nosotros... Año 2,612 DL.
En el vacío insondable del cosmos, el Palacio Infinito de Resalthar se alzaba como un coloso inmortal, desafiando la eternidad. No era simplemente una estructura, sino una entidad viviente, una estación espacial ultraprivada que navegaba por el oscuro mar estelar como una deidad intocable, moviéndose entre galaxias con una gracia que desmentía su magnitud. Desde su distancia inabarcable, las naves que se atrevían a acercarse parecían meras motas ante su grandiosa presencia, mientras los cielos oscuros reflejaban la luz sagrada que emanaba de sus profundidades.
El Palacio Infinito extendía sus alas plateadas hacia el espacio infinito. Las columnas, esculpidas con precisión sobrenatural en Imperialita blanca y pura, ascendían como torres de marfil, guardianes eternas de un legado que abarcaba eones. Cada pilar sostenía un cielo abovedado, donde los frescos contaban la épica de la raza Éndevol: sus gloriosos héroes, sus victorias imborrables y las alianzas forjadas en sangre e Imperialita. Aquel techo no era un simple ornamento, sino una biblioteca visual, testimonio del dominio galáctico que había consolidado su hegemonía.
Caminando por los interminables pasillos, uno se sumergía en una atmósfera de reverencia. La luz, blanca y etérea, flotaba en el aire, exhalada desde rincones invisibles, envolviendo a todo lo que tocaba con una suavidad mística. Aquella luminiscencia no era meramente artificial; era el hálito de Resalthar, una señal constante de su divinidad. Al deslizarse sobre los muros tallados, creaba sombras inquietantes que parecían contar sus propias historias, ecos de un pasado de victorias y traiciones que aún resonaban entre las paredes.
El suelo bajo los pies, pulido hasta un brillo cegador, reflejaba a cada visitante, multiplicando las imágenes de aquellos afortunados o malditos que atravesaban su vasto dominio. Cada paso sonaba con una gravedad ineludible, como si el palacio estuviera escuchando, atento a las decisiones que cambiarían el curso de los futuros días.
Aromas delicados flotaban en el aire, una mezcla cuidadosamente medida de hierbas exóticas, incienso ceremonial y brisas suaves que parecían materializarse de ninguna parte. Era un abrazo de lo sagrado, un perfume que envolvía los sentidos y recordaba a los visitantes que estaban en presencia de algo mucho más allá de la comprensión mortal. Tras cruzar umbrales dorados, cuyas puertas de oro macizo se abrían con un murmullo de poder contenido, se revelaban cámaras donde tapices tejían los relatos de las dinastías ancestrales, leyendas inmortales tejidas en hilo de oro y plata.
Cada centímetro del Palacio Infinito no solo hablaba de grandeza, sino de dominio absoluto sobre los cielos y las estrellas.
El Regente Infinito. También conocido como el Dominador de las Galaxias, el Primero y Último, el Soberano Eterno. Estos títulos apenas rozaban la superficie de lo que realmente representaba. Su sola presencia trascendía el lenguaje, su influencia se extendía como una red infinita a través de todo lo conocido y más allá. Él no era simplemente un líder; era la encarnación misma del dominio de los Éndevol sobre el universo. Para muchos, su nombre era un sinónimo de invencibilidad, y aquellos que lo mencionaban lo hacían con una mezcla de devoción y temor reverencial.
En ese momento, el Regente Infinito se encontraba en uno de los niveles más elevados del Palacio Infinito, una sala aislada, tan vasta que la distancia entre las paredes parecía perderse en el horizonte, su techo tan alto que apenas era visible, una cúpula inmensa que dejaba ver el cosmos en su cruda magnificencia. No había más luz que las estrellas lejanas y el destello de su propio cuerpo metálico. Allí, en la penumbra estelar, se mantenía firme, de pie, mirando el espacio, inmóvil como una estatua esculpida por los dioses. No se movía ni un nanómetro.
Su cuerpo, hecho de metal pulido con una precisión imposible de igualar, reflejaba la luz tenue de las estrellas lejanas en un resplandor etéreo. Desde los delicados engranajes que componían su piel sintética, hasta los intrincados patrones que adornaban su armadura, cada detalle era una obra de arte, una muestra de artesanía sublime que combinaba la frialdad de la ingeniería con la majestuosidad de lo divino. Sus hombreras romboidales portaban grabados de victorias pasadas, batallas ganadas, y la supremacía incontestable de su mandato sobre los vectores.
La óptica con forma de rombo en su rostro perfecto brillaba con una luz roja intensa y penetrante, como si pudiera ver más allá del espacio y del tiempo, escudriñando la vastedad del universo y todos sus secretos. Era una mirada fría, pero en su quietud, transmitía una calma desbordante, como si en ese instante estuviera en paz con la eternidad misma.
En ese lugar, rodeado por la infinita negrura del cosmos, el Regente no necesitaba palabras. Su sola presencia lo decía todo: la eternidad le pertenecía. Él era la quietud antes de la tormenta, la mano invisible que controlaba el destino de millones de mundos. Aquel que lo viera allí, solo, inmóvil, podría haber pensado que estaba contemplando una estatua, una figura inamovible que parecía fundirse con el mismo tejido del universo.
Esa sala inmensa y silenciosa del Palacio Infinito se mantenía en una calma casi insoportable, un silencio solo roto por la tenue vibración del cosmos reflejado en la cúpula distante. El silencio le ofrecía una extraña paz, la cual solía acompañarlo en sus eternas contemplaciones, un remanso donde su conciencia se expandía, abarcando todo lo que gobernaba. Sus pensamientos, antiguos y vastos, flotaban.
Sin embargo, en esa calma absoluta, una perturbación insignificante, casi ridícula, tomó forma ante él. De la nada, como si el mismo espacio se rasgara en un hilo magenta, una línea de luz emergió justo frente a su figura. El Regente Infinito no movió un solo servo. Su mirada se fijó en aquella brecha que no tenía razón de existir, pero que ahí estaba, interrumpiendo el vacío.
Del fino corte en el tejido del espacio surgió una criatura pequeña, insignificante en comparación a la vastedad del entorno. Un ser metálico insectoide, del tamaño de una pelota de baloncesto, descendió flotando con una lentitud que parecía burlarse del tiempo. El brillo de sus luces magentas cortaba la penumbra con destellos suaves, reflejándose en el cuerpo blanco y curvado del escarabajo. El Regente lo contempló, apenas girando su cabeza lo necesario para seguir la trayectoria de esa cosa ridícula que había osado traspasar sus barreras.
"¿Cómo...?" Su pensamiento flotó en su mente, una palabra cargada de desdén. Su voluntad había forjado los escudos que rodeaban el Palacio Infinito, escudos que nadie, ni siquiera los más poderosos adversarios, habían logrado sobrepasar sin ser detectados. Y sin embargo, este insecto, esta criatura, flotaba ahora frente a él, como si la omnipotencia de sus sistemas de defensa y las alarmas no significaran nada. Era una afrenta, una aberración.
Sus dedos largos temblaron apenas con la promesa de aplastarlo, de reducir esa cosa a polvo y energía dispersa. Pero, justo cuando el pensamiento de destrucción se materializaba en su mente, las luces magentas del escarabajo centellearon, y lo que parecían ser sus ojos vomitaron un holograma distorsionado, una imagen errática, temblorosa, bañada en ese mismo color vibrante.
El Regente fijó su atención en el holograma que se formaba ante él. Coordenadas. Distorsionadas al principio, luego nítidas:
Coord. 7: 2834.12982 | Galaxia Vantarc / Periferia Intersticial / Sector Nythe
Una ubicación remota, lejana incluso para sus estándares. El Regente desvió su mirada de las coordenadas para observar lo que venía después: una simple frase, escrita en un lenguaje que no había visto en incontables eones.
"Ven solo, tus creadores te reclaman."
El Regente Infinito sintió, por primera vez en milenios, un extraño latido en su interior. No era miedo, no era duda... sino una mezcla peligrosa de sorpresa y cautela. El lenguaje de los Primigenios, la raza extinta que lo había creado, un idioma que creía sepultado bajo el manto del olvido, ahora flotaba delante de él, danzando en ese extraño holograma magenta.
"Imposible...", murmuró.
Se permitió un instante de duda, una pausa que habría sido impensable bajo otras circunstancias. Los Primigenios habían sido destruidos hacía eones, y su legado reducido a ruinas y tecnologías obsoletas. Nadie, ni siquiera él, poseía vestigios claros de su desaparición. Y sin embargo, esa simple frase... ese llamado... era real. Una verdad dolorosa que quebraba el flujo de su lógica implacable.
"¿Qué juego es este?" Se preguntó a sí mismo, las palabras fueron resonando con la gravedad de mil estrellas colapsando.
El escarabajo de metal blanco seguía flotando, inerte, con su tarea aparentemente concluida.
Estiró su mano, una vasta extremidad de seis dedos oscuros, con la intención de tomar la pequeña criatura entre sus dedos. Pero justo antes de que su mano llegara a tocar el exoesqueleto brillante del escarabajo, este desapareció. En un destello fugaz de luz magenta, la criatura se desvaneció, dejando tras de sí solo el rastro etéreo de una energía perturbadora.
La sala volvió a su estado original, con el Regente de pie, contemplando el vacío que había dejado el insecto. La calma retornaba, pero algo se había fracturado.
"Creadores..." Musitó. Aún no se movía ni un nanómetro, pero en su mente, los engranajes de la posibilidad y la intriga comenzaban a girar. Si aquello era cierto, si los Primigenios de alguna manera habian sobrevivido o habían dejado un legado más profundo de lo que él había imaginado, entonces todo lo que conocía, todo lo que había gobernado hasta ahora, podría estar en riesgo.
Pero también... también podría ser una oportunidad.
Dejó que ese pensamiento se asentara en su vasto intelecto, sin tomar una decisión inmediata. El universo siempre ofrecía caminos inesperados, y él había aprendido, tras incontables ciclos, que la paciencia podía ser su mayor arma.
Y sin embargo, las palabras "Ven solo" seguían retumbando en lo profundo de su conciencia.
Durante semanas, el Regente Infinito meditó en el mensaje y el extraño visitante. El lenguaje no podía ser una trampa. Nadie más en el universo conocido, ni siquiera las mentes más brillantes podrían haber desenterrado un idioma olvidado y sellado únicamente en los abismos de su memoria. Y, sin embargo, ahora no estaba solo en su mente. Las palabras de los Primigenios volvían a resonar, una cicatriz reaparecida tras milenios de sanación. Cada letra era un vestigio de un tiempo que no debió haber regresado.
"Esto no es una coincidencia," razonaba. "No podría serlo." Las probabilidades eran infinitesimales, menos que cero. Nadie podía falsificar ese idioma; no había registros ni siquiera en las bibliotecas arcanas de las civilizaciones más antiguas que él había devorado en su avance, solo la Mente Singular conocia esa lengua, o eso pensaba.
“Análisis iniciado,” resonó en su mente, una subrutina de sus sistemas internos activándose.
“Lenguaje Primigenio: Confirmado. Coincidencia con registros del 100%.
Posibilidad de falsificación: 0.0000… %.
Coordenadas: Sector no colonizado. Actividad detectable: Ninguna.
Recomendación: Ir solo. Despliegue de fuerzas: No recomendado.”
Cerró la búsqueda mental, observando el mapa estelar que se desplegaba en su conciencia. Las coordenadas guiaban a un planeta no colonizado, un orbe desértico y vacío, sin trazas de civilización ni señales tecnológicas recientes. Era un rincón olvidado del cosmos, tan distante que ni siquiera las flotas de exploración habían llegado hasta allí.
"Una trampa es imposible", pensó, "Pero aún así... debería prepararme."
El instinto primigenio del dominio y la precaución lo empujaba a llevar a su ejército, a desplegar las legiones implacables que se movían bajo su mando. Pero las palabras sonaban en su mente con un eco de advertencia: "Ven solo." Cualquier flota, cualquier destacamento, podría ser interpretado como una violación a esa orden.
En su lugar, tomaría su tridente, "Estigia." Majestuoso e imponente. Pesaba más que una estrella de neutrones, un objeto que desafiaba la comprensión de las leyes físicas, y solo el Regente Infinito, con su fuerza incomparable, podía manejarlo.
"Será suficiente," pensó. "Siempre lo ha sido."
En privado, había preparado un crucero de clase Acorazado Estelar de la Alianza. Un coloso de metal y energía, vacío y sin tripulación, pues no necesitaba a nadie más. Él solo podía conectarse a sus sistemas, manejar la nave con la fluidez de sus pensamientos, haciéndola una extensión de su propia conciencia. Sería un viaje solitario, como los antiguos dioses cruzando el abismo.
Se permitió una pausa, mirando hacia la vasta bahía de cruceros en los niveles inferiores de su palacio. A punto de dar el primer paso hacia allí, un destello vibrante de luz magenta rasgó la realidad detrás de él. La fisura, de una perfección geométrica inquietante, abrió un portal con forma de rombo en medio de la sala, un corte en el espacio-tiempo que exudaba la misma energía extraña que había emanado del escarabajo metálico.
El Regente se giró, su mirada, normalmente imperturbable, ahora enfocada en la anomalía. A través del portal, podía ver un paisaje vasto, un desierto anaranjado que se extendía hasta donde alcanzaba la vista, bajo un cielo inmóvil y abrasador. Era el mismo planeta que había visto en sus mapas mentales. El aire seco y estático parecía palpar a través de la fisura.
"Ellos de nuevo..." Pensó. El magenta, esa energía peculiar que se había manifestado con el insecto y el mensaje, ahora se revelaba a una escala mucho mayor.
“Análisis: Anomalía espacio-temporal detectada. Apertura dimensional: Confirmada. Coordenadas coinciden con el destino previsto. Posibilidad de colapso: Inestable.
Recomendación: Proceder con cautela.
Riesgo estimado: Indeterminado.”
No necesitaba las advertencias de sus sistemas. Sabía perfectamente que estaba a punto de dar un paso hacia lo desconocido. Y sin embargo, la idea de regresar a sus creadores, los Primigenios, lo impulsaba más que cualquier cálculo de riesgo.
Antes de moverse, su mente repasó una última vez la lógica de todo aquello. Las dudas que podrían haber asolado a cualquier ser inferior eran meras partículas en la vasta corriente de su intelecto. Él, el Regente Infinito, era el amo de todo lo que había bajo su control. ¿Y si esto no era una trampa, sino una revelación? ¿Una llave a los secretos que le permitirían gobernar no solo el presente, sino el futuro?
"Los Primigenios... Si aún existen..."
El portal parpadeó frente a él, como una invitación silenciosa, pero ineludible. El Regente miró una vez más la vasta extensión de su sala, tan perfecta, tan inmensa. No necesitaba más. Tomaría el desafío.
Con un solo movimiento, el Regente Infinito dio el paso, y el portal lo envolvió, tragándolo hacia el desierto anaranjado del planeta, hacia un destino que no había previsto.
El viento azotaba el desierto con furia implacable, pero no había ni un solo indicio de movimiento en el cuerpo del Regente Infinito. Su figura de tres metros permanecía firme, inmóvil como un monolito eterno. El Tridente Estigia, brillando con destellos tenues, descansaba en su mano derecha. La atmósfera era densa, cargada de partículas metálicas en suspensión, con un calor abrasador que no lograba perturbar su estructura. Su mente, sin embargo, se encontraba en constante actividad, con análisis y algoritmos fluyendo a velocidades incalculables.
“Composición planetaria: Alto contenido en sílice y compuestos metálicos. Presencia de óxido de hierro en niveles extremos. Gravedad de 8.4 m/s. No hay indicios de vida orgánica avanzada.
Atmósfera: Respirable, pero cargada de partículas. Viento a velocidades de 240 km/h. Imposible afectar al Regente.
Estado: Sin alteraciones.”
Al bajar la mirada, divisó de nuevo al escarabajo metálico que le había traído hasta este desierto anaranjado. No cabía duda: era exactamente la misma criatura que había irrumpido en su palacio, la misma pequeña entidad con luces magentas que parecía burlarse de todos los sistemas de defensa. El diminuto insecto proyectaba un holograma en el aire, destellando en un tono vibrante de magenta y escribiendo, en el idioma de los Primigenios, una simple palabra:
"Aquí."
El Regente entrecerró su óptica por concentración absoluta. El lenguaje era inconfundible, preciso, una lengua extinta que solo él, el último de los Primigenios, debería recordar. "No puede ser una coincidencia", pensó, mientras sus sistemas internos procesaban en paralelo la información.
De repente, una línea magenta trazó el espacio a su izquierda, la misma realidad estaba siendo desgarrada por la energía de otro plano. De esta línea surgió una figura, imponente y esbelta. Medía unos 3.5 metros, apenas superando al Regente, pero lo suficiente como para que su presencia fuera notoria. La figura humanoide estaba compuesta de una estructura metálica blanca pura, su torso resplandecía en un plateado casi líquido, adornado con delicados detalles dorados que reflejaban la luz del entorno en suaves destellos. Su cabeza carecía de rasgos faciales, tal como la del Regente, pero en el centro de su frente brillaba un visor tintado de rojo, coronado por una estrella dorada de cuatro puntas. Una capa y capucha rojas ondeaban débilmente a sus espaldas, ajenas al fuerte viento que dominaba el planeta.
“Análisis iniciado:
Entidad: Desconocida. Posible creación Primigenia. Similitudes estructurales con artefactos prexenóticos. No se detectan armas visibles. Material de superficie: Compuesto desconocido. Pureza: Superior.
Estado de amenaza: Indeterminado. Precaución recomendada.”
El Regente observaba con atención cada detalle, sin moverse, pero con su mente plenamente alerta. La figura no parecía hostil, pero tampoco ofrecía garantías de no ser una amenaza. Aún así, las probabilidades de que esto fuera una trampa seguían siendo bajas. La figura, con movimientos precisos, se acercó al escarabajo.
“Ven, pequeño Auratris…”
El ser levantó al pequeño insecto metálico en su mano y, con una suavidad desconcertante, lo acarició como si fuera una criatura viviente.
"Son tan lindos, ¿no crees?" Dijo la figura, con una voz profunda pero perfectamente modulada. "Los Auratris son herramientas versátiles. Útiles en más formas de las que podrías imaginar. Siempre me han sido leales, y los aprecio profundamente."
El Regente observaba en silencio. Su mente procesaba las palabras. "Auratris." El nombre de esas pequeñas criaturas. El hecho de que el ser tuviera una relación casi emocional con una herramienta de esta naturaleza era, cuanto menos, intrigante. Su lógica interna rápidamente lo catalogó como una entidad que valoraba la funcionalidad, pero también algo más: la rareza del respeto hacia algo inanimado.
"Mis disculpas," continuó el ser, bajando ligeramente la cabeza en lo que parecía ser una reverencia noble. "No debería haber hablado de mis herramientas antes de presentarme." Su voz era formal, pero fluida. "Me llamo Iravax."
El Regente no replicó con una reverencia. No era su naturaleza inclinarse ante nadie, y menos aún ante una entidad cuya autoridad aún no había sido probada. Sin embargo, respondió con la misma neutralidad que lo caracterizaba:
"Soy el Regente Infinito."
Su tono no dejaba lugar a interpretaciones: no necesitaba más explicaciones.
“Composición del ser: desconocida. Comparativa: 98% similar a materiales Primigenios.
Análisis visual: Sin indicios de armamento visible. Probabilidad de capacidades no detectables: Alta. Precaución recomendada.”
"Iravax", pensó, mientras evaluaba el aura de poder que emanaba de este ser. La capucha roja ondeaba suavemente con el viento inclemente, y el símbolo dorado en su esternón relucía como una insignia de autoridad, o tal vez de linaje.
El Regente mantuvo su tridente en posición, con la tensión suficiente para que Iravax supiera que cualquier acción inesperada sería respondida. Sin embargo, por ahora, ambos estaban en una suerte de equilibrio, cada uno observando al otro, cada uno sopesando qué significaba este encuentro en el gran esquema del universo.
Cada palabra del ser metálico sería procesada y desmenuzada por sus algoritmos internos, analizando cada posibilidad, y cada implicación. La mención de los Primigenios había encendido una chispa de interés, pero esa chispa se desvaneció casi de inmediato cuando Iravax se apresuró a corregir la suposición:
"No, los Primigenios siguen muertos," comenzó Iravax, su tono era firme pero sin arrogancia. "Y no, esto no es una trampa."
El Regente sintió un leve impulso en su núcleo central de datos. Sus sistemas de seguridad seguían activos, pero la probabilidad de engaño había disminuido.
“Análisis de tono: veracidad detectada.
Estado: No identificado como amenaza inmediata.”
"Fue algo más," continuó Iravax, aparentemente consciente del peso de lo que estaba a punto de revelar. "Nosotros… o más bien, mis creadores, estuvieron presentes en tu creación."
"Presentes en mi creación." Las palabras resonaron en su mente, cruzando los vastos archivos encriptados que había mantenido ocultos incluso de sí mismo.
Iravax, notando la tensión creciente en el aire, hizo una pausa. Su postura había sido relajada, amable, pero ahora parecía consciente de que su explicación no había sido suficiente.
"Creo que no me he expresado correctamente," dijo con un tono que reflejaba una disculpa implícita. "Lo que quiero decir es que... su intervención fue esencial en tu creación. Sabemos quién eres, sabemos lo que eres."
El Regente permanecía en silencio, pero la atmósfera se tornaba más densa. Cada palabra era procesada con una frialdad clínica, y el peso de su siguiente pregunta colgaba en el aire como una guillotina esperando caer.
"¿Para qué me has traído aquí?"
Iravax no se inmutó. Sus manos seguían acariciando al pequeño Auratris, pero su mirada, o lo que se podía suponer que era una mirada detrás de su visor rojo, se centró en el Regente.
"La creación está en riesgo." Iravax habló con una gravedad que no había mostrado antes. "Te necesitamos... exclusivamente a ti. Lo hemos comprobado una y otra vez, pero encontrarte no ha sido fácil."
El Regente permaneció impasible. "Encontrarme." Las palabras de Iravax caían pesadas en el aire, como si fueran parte de un rompecabezas mucho más grande.
"¿Y quiénes son 'nosotros'?"
Iravax enderezó su postura, como si su respuesta fuera una declaración de principios. "Somos los Atruneth, los guardianes del remanente del universo. Hemos sido, durante eones, los amos de la creación, y hemos hecho lo imposible por mantenerla a salvo. Pero ahora, necesitamos de ti."
La mención de los “Atruneth” despertó ecos en las profundidades de los archivos del Regente, ecos que estaban más allá de su alcance consciente, pero que vibraban en su ser.
Iravax dio un paso adelante, y el viento que azotaba el desierto apenas le rozó la capa. "Te mostraré la situación... cara a cara, pero solo si tú lo decides." Su mano derecha se elevó, y con un movimiento elegante, un rombo de luz magenta se materializó a la derecha de ellos.
El Regente, por un breve momento, se mantuvo en silencio, observando el vórtice que se arremolinaba frente a él. Su mente procesaba millones de posibilidades, todos los caminos potenciales que este paso podría abrir. Y sin embargo, la lógica fría que siempre lo había gobernado, le dictaba una única respuesta.
"Muéstrame." Su voz no temblaba, ni mostraba emoción. Era una simple orden, carente de duda.
Iravax asintió con una inclinación apenas perceptible y cruzó el umbral del portal. Antes de desaparecer por completo, giró su cabeza hacia el Regente.
"Sígueme."
El Regente Infinito, con el tridente Estigia aún firme en su mano, dio un paso hacia adelante. Y con ese simple movimiento, el vasto desierto anaranjado se desvaneció a su alrededor cuando cruzó el portal magenta.
El futuro, ahora, estaba por desvelarse.
Emergió del portal y sintió una ráfaga de aire estática que recorrió su estructura metálica, casi como si la misma atmósfera estuviese calibrada para recibir a alguien de su naturaleza. El espacio era blanco, inmaculado, pero sus sensores captaron destellos magenta en cada rincón, resplandeciendo desde consolas, el techo y los muros. El contraste lo hacía parecer un santuario o, más precisamente, un complejo de vigilancia donde cada centímetro reflejaba una precisión obsesiva.
El suelo, sin embargo, era de un azul cobrizo, sólido y profundo. Esa anomalía cromática llamó brevemente su atención, pero solo por un momento, ya que una figura se desplegaba ante él: un vasto ventanal que dominaba la vista.
Iravax levantó una mano y señaló hacia el ventanal, con una expresión que parecía una mezcla de orgullo y preocupación, invitándolo a observar más de cerca.
Al otro lado, una legión interminable de criaturas negras se abalanzaba contra la estructura magenta que rodeaba la estación. Eran masas homólogas y espantosas, con ojos igualmente oscuros, que lanzaban sus cuerpos como proyectiles contra una barrera translúcida a kilometros del ventanal, generando ondas de energía en cada choque. En un patrón constante y casi metódico, rayos de energía magenta bajaban desde torretas colosales, destruyendo cada ser que lograba acercarse a las capas externas.
El Regente Infinito no apartaba la mirada, pero su atención estaba repartida en múltiples niveles de análisis.
"Sistema, escanea." Su orden resonó en la interfaz de su sistema interno, y las matrices de sensores respondieron al instante, mapeando el entorno.
“Escaneo iniciado. Alta densidad de energía magenta detectada. Análisis preliminar de estructura defensiva en curso… Información bloqueada en un 99 %."
El Regente frunció internamente, aunque su rostro inmutable no mostró nada. “Bloqueo de datos,” pensó. Los Atruneth eran cautelosos, y hasta sus sistemas se topaban con limitaciones, como si las paredes de esta estación fueran indescifrables. Su IA interna, acostumbrada a desarmar esquemas ajenos, se mantuvo analizando, intentando obtener algo útil.
"La capa defensiva está conformada por un conjunto de patrones de energía fractal,” continuó la IA, "emitiendo radiación en frecuencias que solo hemos visto en fuentes teóricas de antimateria controlada."
Sin embargo, por más que trataba de desglosar la estructura de los dispositivos a su alrededor, todo parecía protegido contra un análisis profundo, como si un velo impenetrable cubriera cada consola, cada panel. Era frustrante, y sin embargo, retador.
“¿Intenciones hostiles detectadas?” Preguntó a su IA, con una cautela afilada. "No se detectan movimientos agresivos hacia su presencia, señor. La estructura parece diseñada para el control absoluto de las barreras exteriores."
"Intrigante… y preocupante," pensó, mientras su mente calculaba todos los posibles propósitos de semejante defensa. La inmensidad de la estación le sugería que esta instalación no estaba solo destinada a contener una amenaza pasajera; estaban ante algo mayor, y su presencia aquí no era fortuita.
Iravax, que lo había estado observando, habló en un tono que parecía anticiparse a sus pensamientos.
"Estas criaturas," dijo, con un eco, "son la manifestación de la destrucción misma. Vienen de las que ustedes llaman Regiones Desconocidas, un lugar al que ni siquiera nosotros podemos acceder sin consecuencias."
El Regente asintió, apenas moviendo la cabeza. Mientras seguía escaneando, su IA comenzó a registrar esquemas parciales de las torretas y de los sistemas defensivos, aunque fragmentados. Sabía que Iravax probablemente detectaría el intento de recopilación de datos, pero en ese momento le importaba poco. Tener un registro aunque fuera parcial de esta tecnología podría representar una ventaja incalculable.
"Datos fragmentados de torretas defensivas en archivos," anunció su IA. "Interferencia masiva en los sistemas. Probabilidad de detección de escaneo: 54%."
El Regente consideró la situación. Si Iravax era consciente de su intento de adquisición de datos, no lo había mencionado aún, lo cual le daba cierto margen. Decidió que sus preguntas podían esperar. En su lugar, se concentró en las criaturas levitantes que operaban las consolas. Eran seres delgados, flotando en el aire sin ninguna dificultad, con siete apéndices que manipulaban los dispositivos con precisión. Una energía etérea parecía sostenerlos en el aire, y cada movimiento era seguido por destellos de luz magenta en las consolas.
Volvió su mirada hacia la ventana. Las criaturas negras seguían atacando la barrera magenta sin cesar. Sus movimientos eran frenéticos, sin inteligencia aparente, pero su persistencia era inquietante, no podía verlas con claridad, algo interfería en su visión.
"Y estas criaturas de las Regiones Desconocidas… ¿son…?"
"Innumerables," respondió Iravax con una gravedad contenida, "y en constante regeneración. Lo que ves es solo una pequeña fracción de lo que acecha en esas regiones."
El Regente permaneció en silencio. Procesó toda la información que sus sistemas podían capturar, y aunque las defensas de la estación le parecían impresionantes, se preguntaba hasta qué punto eran efectivas contra algo tan vasto como lo que estaba viendo.
Iravax dio un paso adelante y volvió su mirada hacia él.
"Esta es solo la primera línea de defensa, Regente Infinito. Lo que te he mostrado es solo una fracción de nuestra situación."
El Regente Infinito escuchó sin responder.
"Accediendo a proyección de escenarios de conflicto… probabilidad de contención sin intervención externa: baja."
Finalmente, rompió el silencio
"Si esta es solo una fracción… entonces muéstrame lo que realmente está en juego."
Iravax, con una sonrisa satisfecha, respondió al Regente Infinito con voz calmada y segura:
“Todas tus preguntas serán respondidas.”
El líder Atruneth levantó una mano con precisión marcial. Esta vez, el Regente notó un detalle crucial: un brazalete magenta en su muñeca destelló fugazmente, proyectando un portal romboide. Su superficie era fluida y palpitaba como un velo de energía desestabilizada, dividido en patrones fractales. Aquel brillo no pasó desapercibido para el Regente, quien activó su visor interno para escanearlo.
“ANÁLISIS: energía de plasma fractal controlada por un emisor de diseño indetectable. Posible integración cuántica. Sistema altamente protegido…”
El Regente archivó la información mientras formulaba una teoría: el brazalete parecía ser el núcleo de la tecnología de manipulación dimensional de los Atruneth.
“Interesante,” murmuró para sí mismo mientras ambos atravesaban el portal.
Del otro lado, el entorno cambió radicalmente. Ya no había consolas, criaturas extrañas ni luces magentas en cada rincón. Solo un vasto vacío blanco se extendía bajo sus pies. El suelo era liso, de un material que no pudo identificar, con un brillo frío y cerámico. Una cúpula magenta, translúcida y opalescente, los rodeaba por completo, su estructura fragmentada por finas líneas de energía que parpadeaban con ritmos hipnóticos.
El Regente escaneó rápidamente la zona:
“ANÁLISIS: campo energético de contención. Densidad de plasma altamente estabilizado. Posibilidad de emulación defensiva: 0.000%...”
Su sistema interno procesaba los datos a una velocidad vertiginosa. La IA integrada en su cuerpo emitió un análisis preliminar de la estructura:
“El campo parece un filtro dimensional. Potencialmente indestructible bajo condiciones estándar,” señaló la IA.
“Lo llamamos la Tisrhea'Tepraxi,” explicó Iravax, interrumpiendo los pensamientos del Regente. “La única barrera que separa lo que queda del universo de ellos.”
El Atruneth extendió un brazo hacia arriba. El Regente siguió la dirección de su gesto y observó. Por encima de la cúpula, una barrera magenta se extendía hacia el infinito, reluciendo con energía pulsante. Sin embargo, lo que captó realmente su atención fue lo que se movía al otro lado de esa barrera.
Criaturas negras. Innumerables.
Se arremolinaban y chocaban contra la superficie translúcida como una tormenta viviente. Eran entes amorfos con cuerpos oscilantes que rasgaban el espacio con apéndices deformes. Aunque el Regente no podía ver ojos en esas criaturas, sentía sus miradas hambrientas y desquiciadas. Cada contacto contra la barrera magenta producía destellos eléctricos, pero los seres persistían, arañando, mordiendo, rasgando.
El Regente frunció ligeramente el ceño al finalmente reconocerlos.
“Piunax Nixpeia…” Dijo en voz baja.
Iravax asintió lentamente.
“Así los llaman ustedes. Nosotros los Atruneth los conocemos como Abisales, o Demonios Abisales.”
El Regente no respondió de inmediato. Su sistema ya había activado múltiples simulaciones tácticas para entender el fenómeno.
“POSIBLE INVASIÓN DIMENSIONAL: CRÍTICA. ORIGEN DESCONOCIDO. PROTECCIÓN MAGENTA INDISPENSABLE…”
Miró a su alrededor nuevamente. Por detrás de la cúpula, los Abisales continuaban rasgando la barrera en números incalculables. Desde su posición pudo ver filas interminables de aquellas criaturas extendiéndose hasta donde su visión alcanzaba. Era como si el borde del universo estuviera siendo asediado por una marea oscura e implacable.
Iravax rompió el silencio.
“Como puedes ver, la Tisrhea'Tepraxi es lo único que evita que esos seres entren por completo en nuestro plano de existencia.”
El Regente no respondió de inmediato.
Mientras Iravax observaba con orgullo la escena, el Regente se permitió una leve inclinación de cabeza, su gesto habitual de aprobación analítica.
“Interesante,” repitió, aunque esta vez con una nota de genuino respeto. “¿Cuánto tiempo puede resistir la Tisrhea'Tepraxi bajo semejante presión?”
“El tiempo que sea necesario.”
El Regente no dejó de analizar cada detalle. Quizás los Atruneth sabían algo más que no estaban dispuestos a revelar. Mientras tanto, archivaba.
“NOTA PRIORITARIA: El control de la Tisrhea'Tepraxi debe ser evaluado para posibles contingencias galácticas. Importancia estratégica crítica.”
El Regente Infinito entrecerró su óptica, enfocando su mirada helada en Iravax. La cúpula translúcida proyectaba destellos magenta sobre sus formas geométricamente perfectas. La energía a su alrededor vibraba sutilmente, como si la existencia misma se tensara ante su presencia.
“¿Por qué he sido traído aquí?” Preguntó con voz profunda y afilada.
Iravax no respondió de inmediato. El líder Atruneth alzó una mano.
“Antes de responderte, Regente, mire una cosa más…”.
El Regente levantó la barbilla con lentitud, permitiendo que su mirada volviera hacia el cielo más allá de la cúpula. Su óptica analizó en nanosegundos la escena: el campo magenta contenía la furia infinita de los Abisales, pero algo más brillaba en el horizonte.
Entonces apareció.
Una colosal serpiente mecánica de más de 2 kilómetros surgió de la nada, cortando el espacio como una guadaña de luz. Su cuerpo era una amalgama de placas metálicas blanquecinas que resplandecían con energía magenta, cada segmento cubierto de filos desestabilizadores. El simple roce de aquellos bordes aparentemente era suficiente para desintegrar cualquier materia conocida.
Un cañón de antimateria en su mandíbula brillaba brevemente antes de alternarse a un rayo de desestabilización pura. La serpiente pasó arrasando a miles de Abisales en un solo movimiento devastador, dejando tras de sí un vacío en la marea oscura. Fragmentos de las criaturas se desintegraban antes de tocar el “suelo”.
El Regente, a pesar de su inmutable expresión, mostró un atisbo de interés.
“Armamento no nos falta, como verás,” comentó Iravax, siguiendo el movimiento de la serpiente.
El Regente mantuvo su mirada fija en el horizonte, con sus dedos entrelazados detrás de su espalda con una precisión casi matemática.
“Pero…”
Iravax asintió, como si hubiera estado esperando esa interrupción.
“Pero nos falta un comandante.” Su tono se oscureció ligeramente, y por primera vez, hubo una chispa de resentimiento en su voz.
“Teníamos uno. Desertó. Se largó.”
El Regente inclinó la cabeza con una mezcla de desdén y curiosidad.
“¿Quieres que sea vuestro nuevo comandante?”
La pregunta no era un ofrecimiento. Era un desafío, lanzado con la autoridad de alguien acostumbrado a someter galaxias con una sola orden.
Iravax mantuvo su postura erguida, enfrentando la mirada del Regente con una confianza que pocos habrían podido sostener.
“Sí. Si el trabajo de los descendientes de mis creadores es digno de ser llamado un intento de emular su perfección... entonces tú, Regente Infinito, eres exactamente lo que esperamos.”
El silencio que siguió fue denso. El Regente no respondió de inmediato. Sus pensamientos se sumergieron en cálculos y simulaciones, evaluando las implicaciones de aquella oferta. Mientras meditaba, su mirada se desvió nuevamente hacia la cúpula y el infinito más allá. Los Abisales seguían embistiendo la barrera, con formas amorfas, sin descanso ni razón.
“EVALUACIÓN: Posibles beneficios estratégicos. Integración de tecnología Atruneth. Riesgo de traición: insignificante ante mi capacidad absoluta.”
Los dedos del Regente se relajaron ligeramente detrás de su espalda, pero su rostro permaneció inmutable.
Dejó de meditar. La decisión estaba tomada. Se giró hacia Iravax, cuya figura se mantenía serena, rodeada por la vibración magenta del campo energético.
Para sorpresa del Regente, Iravax había extendido su mano izquierda hacia él, esperando un apretón de manos. Los pequeños nodos lumínicos en sus extremidades emitían patrones irregulares, como una sutil muestra de curiosidad.
“¿Qué haces?” Preguntó el Regente con voz severa, aunque no exenta de genuina intriga.
“¿Acaso no es así como tus Éndevol declaraban buenas intenciones?” Respondió Iravax con calma.
El Regente observó la mano por un instante, como si analizara cada molécula de su estructura, dejo flotando a Estigia a su lado, y dijo:
“Así es,” admitió.
Lentamente, extendió su propia mano, sellando el acuerdo. En cuanto sus palmas se encontraron, el Regente detectó algo inesperado: una fuerza tremenda que vibraba desde la estructura interna de Iravax. La presión era perfectamente medida, pero suficiente para advertirle que este ser no debía ser subestimado.
“ALERTA: FUERZA CINÉTICA SUPERIOR A LO ESPERADO. REEVALUACIÓN DE PROTOCOLOS.”
El Regente ocultó su impresión y tomó nota: sería más cauteloso con Iravax de ahora en adelante.
Sin soltar del todo el contacto, el Regente fue directo.
“Primero necesito saber cuántas unidades tienen. Unidades de combate exclusivamente. El número neto.”
Iravax respondió sin titubeos: “Treinta millones Quinientas noventa y seis mil novecientas nueve activas.”
El Regente retiró su mano con elegancia, entrelazando sus dedos detrás de la espalda.
“Son muy pocas.”
El silencio de Iravax fue un eco en el vacío. El Regente Infinito sabía que las palabras no siempre eran necesarias para obtener respuestas. Sus cálculos se dispararon, evaluando el contexto político y militar del universo remanente. La razón se hizo evidente.
“No se revelaron debido a las tensiones políticas en el universo remanente,” teorizó en su mente. “La aparición de los Atruneth como alfas tecnológicos desencadenaría guerras interminables.”
Iravax mantuvo una expresión neutral.
“Si son tan avanzados,” continuó el Regente, “¿por qué no crean más soldados?”
“No podemos. No tenemos esa capacidad.” Por primera vez, su voz perdió algo de su firmeza habitual.
La respuesta no contenía explicación alguna, solo una verdad inexplicable. Su sistema interno marcó aquello como una anomalía lógica.
“Entonces yo lo haré,” declaró el Regente.
Iravax pareció hacer un gesto sutil, apenas perceptible: Era un gesto que bordeaba la burla, aunque refinado por su naturaleza trascendental.
“No quiero ofenderte, Regente,” dijo con una venenosa suavidad, “pero es simplemente imposible que tu Hegemonía Resalthar logre el nivel requerido.”
El Regente "palideció." Su estructura luminosa parpadeó levemente, y por un instante el mundo pareció inclinarse. La palabra sonó como una anomalía corrosiva en su sistema.
“¿Imposible?” repitió. “Jamás he tenido esa palabra en mis cálculos. Nada es imposible. Solo requiere tiempo.”
El Regente se mantuvo inmóvil. El eco de sus últimas palabras aún flotaba en el aire, resonando en la cúpula lumínica que los envolvía. Iravax, siempre sereno, interrumpió aquel silencio con una pregunta incisiva:
“Entonces, ¿cómo lo harás?”
“Supongo que entonces no me prestarán tecnología Atruneth, ¿cierto?”
Iravax no vaciló.
“Correcto.” Su voz tenía la firmeza de una ley universal. “Solo requiero un comandante. No entregaré tecnología Atruneth para que la compartas con tu Hegemonía y dominen el universo remanente.”
El Regente asintió con una aceptación que rozaba el respeto.
“Sabia decisión. Entonces tendré que hacer que la Hegemonía alcance ese nivel por sí misma.”
“¿Solo para una especie de guerreros?” Preguntó, adivinando la intención del Regente.
“Correcto. Guerreros capaces de soportar las inclemencias de la batalla que se libra en la Tisrhea'Tepraxi.”
Un ligero destello cruzó los patrones lumínicos de Iravax.
“He estudiado a tu Resalthar a profundidad,” dijo. “No tienen unidades de infantería lo suficientemente fortificadas como para aguantar más de un minuto ahí.”
El Regente sostuvo la mirada de Iravax, inmutable.
“Entonces las tendrán.”
El eco de su afirmación se extendió como una sentencia ineludible.
“¿El Piunax Nixpeia que hay ahí afuera es igual al del universo remanente?” Preguntó el Regente.
Iravax inclinó apenas la cabeza.
“Técnicamente, sí.”
El Regente dejó escapar una vibración imperceptible de satisfacción.
“Ahí está.” Su óptica geométricamente perfecta brilló con un destello de determinación absoluta.
“Hay algo que debes tener en cuenta...”
La atmósfera a su alrededor se llenó de destellos de energía y sombras danzantes, en una sinfonía de luz y oscuridad que parecía un presagio de lo inefable.
“La Mente Alfa,” continuó Iravax, con un tono impregnado de solemne misterio, “la Mente Maglianexis más grande, antigua y poderosa jamás nacida. Es la culminación del Piunax Nixpeia..”
En ese preciso instante, los patrones lumínicos que recorrían el cuerpo de Iravax se oscurecieron brevemente, como si las palabras hubiesen encendido una chispa en su interior.
“Su nivel intelectual podría equipararse al de un Atruneth Dominus, o incluso al tuyo,” añadió, con una mezcla de asombro y recelo.
El Regente, cuya óptica era un pozo de una lógica infinita, parpadeó ligeramente, procesando aquella revelación
“¿Coordina sus ataques?” Inquirió el Regente con voz cortante, mientras su mirada se endurecía como el acero de antiguas constelaciones, aunque la respuesta era obvia: si.
Iravax asintió, dejando que una pausa de incertidumbre se extendiera en el espacio intermedio.
“Rara vez, raro para una mente Maglianexis…” Respondió. “Las pocas veces que ha decidido actuar, ha logrado infiltrar a sus infectados en el universo remanente.”
La mirada del Regente se afiló aún más, y con voz serena, preguntó:
“¿Y qué ocurrió?”
“Neutralizamos sus embestidas,” respondió Iravax, “antes de que pudieran establecer una conexión sináptica suficiente para que la Mente Alfa tomara el control efectivo del universo remanente.”
El Regente absorbió aquella información en un silencio absoluto. Frente a él, la Tisrhea'Tepraxi se extendía como un campo de batalla infinito, no solo un escenario de conflictos, sino el lienzo mismo donde se plasmaba el desafío a su perfección inquebrantable.
“¿Acaso hay algo más que deba saber sobre esta enigmática Mente Alfa?”
Iravax, cruzando sus brazos con una naturalidad casi ritual, dejó que sus nodos lumínicos fluctuasen en oscuros matices.
“Lo que ya te he dicho es solo la superficie de su misterio,” respondió. “Su existencia es una anomalía, un enigma. Nadie sabe de dónde vino, ni si fue creada o simplemente emergió del vacío primordial.”
El Regente inclinó su cabeza con aire meditativo y replicó:
“¿Tienes alguna idea, siquiera vaga, de dónde surgieron el Piunax Nixpeia y esta... Mente Alfa?”
Con un tono que denotaba la pesada carga de incontables eras, Iravax confesó:
“Honestamente, no. Ninguna inteligencia Atruneth ha logrado encontrar una respuesta satisfactoria. Su origen se oculta más allá de las regiones conocidas, en esos abismos olvidados…”
“Siempre sospeché que había algo en las regiones desconocidas, algo que desafiaba la lógica y nuestra comprensión. Sin embargo, decidí no indagar demasiado; había demasiadas variables, muy pocos datos. Jamás imaginé que sería esto.”
“Jamás,” admitió Iravax. “Jamás imaginé que el abismo mismo hablaría de esta manera…”
Con un suspiro que parecía arrastrar el peso de incontables eones, Iravax continuó:
“Su capacidad para aprender. Cada vez que neutralizamos sus breves incursiones, vuelve más fuerte, adaptándose, diseñando estrategias a partir de nuestros propios métodos de defensa. Es como si el universo se volviera contra nosotros, y a la vez, se reescribiera a sí mismo en nuestra imagen.”
El Regente dejó escapar un sonido bajo, una risa casi imperceptible que parecía retumbar en el vacío:
“Si ha existido desde el principio, o casi desde el principio, ¿qué propósito persigue? No ha mostrado señales de jerarquía más allá de su Mente Alfa, ni de estructuras organizativas distintas a su propia expansión. No comercia, no negocia, no construye civilizaciones. Solo devora.”
Iravax reflexionó.
“Cualquier ser consciente con el tiempo desarrolla complejidad. Sus metas cambian, sus prioridades se expanden. Pero el Piunax… no ha cambiado. No hay registros de él buscando otra cosa que no sea consumir.”
“Segun lo que me dices… La Mente Alfa es brillante, eso es innegable. Ha perfeccionado su método hasta el absurdo. Y sin embargo, su única intención sigue siendo la misma que hace… eones: saciar su hambre.
Iravax dejó escapar un sonido sutil, no humano, pero que evocaba la idea de una exhalación.
“Podría haber desarrollado objetivos. Un instinto de autoconservación más refinado, estrategias que no dependan solo de la asimilación. Pero no. Su única razón de existir es devorar.”
El Regente dejó que el pensamiento flotara antes de verbalizar la deducción inevitable. “Y si todo el Piunax Nixpeia se ha volcado ahora contra la barrera…”
Iravax completó la frase, con la voz más baja de lo normal:
“…es porque lo ha devorado todo.”
El silencio que siguió fue distinto al anterior. Pesado. Frío.
Demasiados años. Demasiadas galaxias. Demasiadas civilizaciones. Demasiadas estrellas consumidas hasta sus cimientos. El tiempo infinito de su existencia le había permitido hacer lo que nadie antes había logrado: comerlo todo. No habían testigos que confirmaran su paso. Solo vacío, ruinas que nunca llegaron a ser restos, porque todo había sido asimilado, convertido en parte del Piunax Nixpeia.
El Regente fijó la mirada en la inmensidad. Su voz, aunque firme, tenía un matiz que antes no estaba allí.
“Es un organismo demasiado desarrollado para matar. Solo tiene hambre.”
“Y ha llegado hasta aquí porque ya no queda nada más allá.”
Otro silencio. Pero esta vez, había algo diferente. Algo que ninguno de los dos dijo en voz alta, pero que se filtró en la manera en que sus frases se volvieron cortas, más espaciadas.
Un atisbo de terror.
Iravax lo disfrazó con una frase técnica.
“Nunca antes había mostrado un comportamiento tan concentrado. Nunca lo habíamos visto organizarse con este nivel de insistencia.”
El Regente también optó por lo racional.
“No tiene otro lugar a dónde ir. Su única dirección es hacia lo que aún existe.”
Iravax desvió la mirada hacia el umbral impenetrable que separaba su universo del hambre infinita que aguardaba fuera.
“Entonces la pregunta no es qué quiere… sino cuánto tiempo podremos impedirle que lo tenga.”
El Regente no respondió de inmediato. Pero cuando lo hizo, su voz sonó más baja que antes.
“Demasiado tiempo devorando. Demasiado tiempo creciendo. “
El Regente fijó su mirada geométricamente perfecta en Iravax, su mente estaba trabajando a velocidades incomprensibles incluso para un ente Atruneth.
“Dijiste que la Mente Alfa es brillante. Que aprende, que se adapta. Pero, ¿qué tanto? ¿Qué tanto comprende realmente?”
Iravax permaneció en silencio un momento.
“No hay forma de saberlo con certeza. No hemos visto más allá de su hambre.”
El Regente giró la cabeza, manteniendo la frialdad de siempre, pero con una nota de insistencia.
“¿Nunca ha intentado comunicarse? ¿Ni siquiera una vez?”
Iravax vaciló.
“…Hubo algo.”
El Regente detectó la anomalía en su tono, la inflexión inusual en la frecuencia de su voz.
“Dime”
Iravax se quedó quieto, y por primera vez, pareció dudar.
“Fue hace mucho. Cuando aún teníamos la capacidad de observar galaxias enteras con la precisión de un lasér. La Mente Alfa… hizo algo inesperado.”
“Explica.”
Iravax prosiguió, con un tono que se asemejaba a un murmullo.
“Interfirió nuestras comunicaciones.”
El Regente se detuvo por un instante, con la simetría de sus pensamientos perturbada.
“¿Qué?”
“También quedamos sorprendidos. La transmisión apareció de la nada, como si siempre hubiera estado allí, esperando el momento adecuado para manifestarse. Y lo que escuchamos…”
Su voz se apagó un segundo.
“Fueron palabras dispersas. Sin sentido. Frases rotas. Voces mezcladas, como si fueran miles a la vez.”
“¿Qué dijo exactamente?”
Iravax proyectó un fragmento de la transmisión desde sus altavoces. Un sonido distorsionado.
"No... es... línea... antes... después... no recuerdo... yo... seré... era... en dónde... tú... nosotros... ¿somos?... hambre... ¿fue siempre?... está ahí... está... está... está..."
El Regente analizó cada palabra y posible variación.
“No tiene coherencia.”
“Lo sabemos,” dijo Iravax, con voz más baja. “Lo hemos intentado descifrar desde entonces. Nunca encontramos un patrón lógico.”
El Regente reflexionó.
“¿Cómo aprendió vuestro idioma?
“No lo sabemos.”
El Regente cruzó las manos tras su espalda.
“¿Por qué transmitir esto? ¿Por qué solo una vez? ¿Y por qué sin sentido aparente?”
“Déjalo. Nosotros llevamos demasiado tiempo en esto. No vale la pena desgastarse más.”
El Regente no contestó de inmediato. Miró hacia el infinito, donde la Marea Negra acechaba, donde la Mente Alfa calculaba y esperaba.
“Quizás... no lo decía para ustedes.”
Iravax parpadeó lentamente.
“¿Entonces para quién?”
El Regente no respondió. Tal vez porque, por primera vez en incontables eones, no tenía una respuesta.
Iravax rompió la quietud con un tono meditativo, casi monótono, pero con un matiz de inquietud subyacente.
“Si la Mente Alfa fue capaz de aprender nuestro idioma, entonces significa que, en algún nivel, analiza lo que devora. No solo consume; entiende.”
“Claramente no es un depredador ciego. No es un ser primitivo. Es un organismo que observa y adapta su comportamiento con cada nueva víctima.”
Iravax emitió un leve pulso lumínico, como si asentara.
“Sin embargo, todo lo que hace, todo lo que ha demostrado querer… es alimentarse. Nunca ha demostrado ambición ni propósito más allá de la propagación.”
El Regente entrecerró su óptica, un gesto sutil.
“Si su único propósito es saciar su hambre, ¿por qué ha desarrollado un intelecto tan avanzado?”
Iravax respondió tras una breve pausa.
“Quizás el hambre lo ha llevado a evolucionar. La necesidad absoluta de devorar lo ha convertido en lo que es.”
El Regente permaneció en silencio un momento antes de hablar:
“O quizás, es al revés.”
“Explícate.”
El Regente no apartó la mirada del vasto vacío estelar.
“Quizás el Piunax Nixpeia no es tan antiguo como el universo mismo, pero sí lo suficientemente viejo como para haber devorado civilizaciones enteras, galaxias completas. Millones de años de absorber la esencia de todo ser viviente, de todo pensamiento, de toda historia. Lo que hemos percibido como inteligencia… tal vez no es más que los residuos de las mentes que consumió.”
Iravax procesó la idea, con su núcleo de datos calculando las implicaciones.
“¿Un eco de sus víctimas?”
“Exacto. La Mente Alfa puede no ser un ser pensante en sí mismo, sino la amalgama caótica de todas las entidades que ha destruido.”
Iravax se quedó en silencio, analizando la posibilidad.
“Si es así, su naturaleza se vuelve aún más inquietante.”
“No piensa… pero recuerda.”
“Y si recuerda, significa que el hambre no es solo una necesidad biológica. Es una compulsión.”
Iravax transmitió un leve pulso de aceptación.
“Devora porque ya no sabe hacer otra cosa.”
El Regente se cruzó de brazos, con su mente ya formulando mil posibilidades y escenarios.
“Regente, si el Piunax Nixpeia ha consumido tanto y aún persiste, ¿qué lo detendrá?”
El Regente respondió sin titubeos, con la frialdad de un cálculo absoluto.
“Nosotros.”
Iravax dejó escapar un pulso lumínico. No de duda. No de temor. Sino de comprensión.
“Tienes un plan.”
El Regente inclinó la cabeza, y su tono adquirió un matiz solemne.
“Siempre.”
Iravax se mantuvo en silencio unos instantes, sopesando el significado de esas palabras.
“Pero hay algo que aún no comprendo.”
El Regente esperó, sin interrumpir.
“¿Por qué no simplemente comandas las unidades Atruneth? Tienen el poder, la tecnología, y tu intelecto podría llevarlos a la victoria definitiva.
El Regente sostuvo su mirada con una calma imperturbable. Su tono se volvió solemne.
“Porque elegí a los Éndevol como la raza que gobernaría.”
Iravax inclinó la cabeza, expectante.
“Los Éndevol representan potencial sin explotar, una base en bruto que puede ser moldeada, transformada, llevada a su límite absoluto. Pero también…”
El Regente hizo una pausa intencionada, como si sopesara el cosmos en sus palabras.
“...esto es una prueba para mí. Para superar mis propios límites y capacidades.”
Sus ojos geométricamente perfectos brillaron con una intensidad casi abrasadora.
“Porque soy el Regente Infinito.”
El eco de su voz pareció reverberar en la vasta estructura alrededor de ellos, como si incluso el espacio reconociera la verdad de sus palabras. Iravax observó al Regente con una mezcla de asombro y divertimento.
“Parece que tienes mucha confianza en ti mismo,” dijo con un tono sutilmente burlón, “y en tu raza elegida.”
“La confianza no es un ideal; es un cálculo. Y yo siempre apuesto por mis cálculos.”
Iravax hizo una pausa.
“¿Incluso apostarías conmigo que puedes lograrlo en menos tiempo del que yo diga?”
El Regente asintió.
“Dime la cifra.”
Iravax cruzó los brazos.
“Tres milenios.”
Iravax soltó una ligera risa, obviamente bromeando.
“Dos millon-”
El Regente lo interrumpió con una risa suave pero cargada de seguridad.
“Considera que es un hecho. Menos de tres milenios. Si no lo logro, te regalaré mi tridente para que decores algún lugar con él.”
Iravax miró el tridente del Regente, Estigia, una obra perfecta de líneas geométricas, emanando una energía brillante y controlada.
“Bonito.”
El Regente asintió.
“Lo es. Pero tendrás que conformarte con solo admirarlo.”
“¿Ya tienes algo en mente para esta nueva fuerza que liderarás?”
El Regente levantó la barbilla con determinación.
“Sí. Los llamaré Ángeles de la Muerte.”
Un brillo de sorpresa y aprobación recorrió las luces de Iravax.
“Vaya, suena... intimidante. Un nombre poderoso, aunque un poco teatral, diría yo.”
El Regente lo miró con firmeza.
“Lo entenderás cuando los veas.”
Iravax soltó una breve risa mientras comenzaba a levantar la mano derecha. Los patrones lumínicos de su cuerpo se sincronizaron en una espiral energética, abriendo un portal romboide magenta.
“Entonces te esperaré hasta que estés listo.”
El Regente alzó una mano abruptamente.
“Detente. Me quedaré.”
“¿Ya?”
“Estoy listo para tomar el cargo ahora.”
“Solo serás el comandante. Estarás bajo mis órdenes.”
“Lo acepto. Pero antes de regresar, permaneceré 600 años aquí, aprendiendo todo lo que mis Ángeles de la Muerte necesitarán ser.”
El brillo en el cuerpo de Iravax mostró satisfacción.
“Acepto tu dedicación. Eso suena razonable.”
El portal chisporroteó con mayor intensidad.
“Entonces no hay que demorar. Es hora de trabajar. Hay demasiado por hacer.”
Sin esperar respuesta, Iravax atravesó el portal, su silueta desvaneciéndose en la luz rítmica.
El Regente lo observó partir, su mente ya iba delineando cada paso, y cada pieza del vasto rompecabezas que construiría. Los Ángeles de la Muerte no serían solo soldados; serían una evolución, el pináculo de la ingeniería bélica y biológica. Y él estaría al frente, guiándolos hacia la victoria.
“Nunca he fallado. Tampoco será esta la excepción,” pensó con frialdad absoluta.
Con un último vistazo al cosmos circundante, atravesó el portal romboide. La geometría perfecta de su figura desapareció en el fulgor, sellando el inicio de una nueva era en su interminable legado…